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Promover la belleza

Ayer estuvimos de visita por Barcelona. Tuvimos que coger el metro y dimos un paseo por la playa de Levante: hormigón y arena. Ambos sitios carecen de belleza. No fue casualidad que la gente tampoco fuera muy hermosa. Lo digo porque, en la estación del metro, por poco se pelearon diez adolescentes contra un joven, y porque, en la playa, se oía el odioso reggaetón y se veían las botellas de alcohol danzando.

Cuando un lugar carece de harmonía, quien lo frecuenta suele estar en consonancia con la carencia. También diríamos que la fealdad crea más fealdad y que las peleas en el metro resultarían mucho menos frecuentes en el tranvía, a plena luz del día, y no bajo tierra sino en superficie.

Hay algo denigrante en viajar por el subsuelo y no creo que derive de la suciedad o desorden de sus estaciones. Creo que la oscuridad del ferrocarril subterráneo causa, de por sí, que la oscuridad moral de las personas quede más a flote y nos suponga menos esfuerzo despreciar al prójimo con insultos, miradas lascivas o bajos pensamientos.

Recuerdo barrios de Barcelona en donde uno goza del sol y el espacio, así como de los árboles: el Parc de la Ciutadella (un poco dejado, eso sí), el Parc Güell (monumento al turista) o el Laberint d’Horta. En todos esos parques, la vida es sencilla porque las familias que se reúnen, y los paseantes, disfrutan de la hermosura del verde y de los cantos de los pájaros. Incluso, en Horta, el agua – aunque un poco sucia - añade su peculiar encanto al entorno.

¿Qué le vamos a hacer? La belleza crea belleza y dicta el comportamiento de los seres humanos. Creo, con Eric Phelps, que “el arte condiciona la cultura”. Según sea nuestra manifestación artística, su forma, así serán nuestros valores – o falta de ellos -; así viviremos. El arte es considerado lo más valioso de un pueblo. Cuando se quemó Nôtre-Dame de París, varios millonarios se ofrecieron a sufragar su restauración, los mismos que no sufragarían los costes en educación o nutrición de varios millones de personas, por el mismo precio. Un cuadro de Van Gogh cuesta, en centímetros cuadrados, más que un edificio de diez plantas en la City londinense. Y, hoy día, un vaso medio repleto de agua, con tal de pertenecer a una exposición artística, merece presencia en un museo nacional. Es una vergüenza, consecuencia de la degradación que ha sufrido el arte desde que Marcel Duchamp firmara un urinario y lo convirtiera en obra de arte, según los artistas, y tomadura de pelo, según quien firma este artículo. No sé si conocerán otra gran payasada, esta vez de Piero Manzoni: ha expuesto su “Mierda de artista” (botes de conserva con caca) nada más y nada menos que en el centro Pompidou. Y no se pierdan las “performance” de aquella que pasa por el quirófano solo para que la fotografíen y la cuelguen en galerías de arte. Esto es el arte contemporáneo: una mofa, un bodrio, un asco, en resumen. No por nada nuestra sociedad adolece de males que desconcertarían a nuestros antepasados y debieran dar de qué pensar a tantos obnubilados por la tecnología y las mentiras de los medios de comunicación oficiales: alcoholismo y drogadicción, aislamiento de las personas, abandono de los ancianos, falta de respeto por los muertos, educación insuficiente e ineficaz, desconocimiento de la realidad de la vida a cambio de diversión fútil, banal y nociva.

La belleza es el antídoto, porque es la verdad, la bondad y, todas, el amor. Observen, si no, cómo, en ciudades o lugares bellos, la vida es hermosa. ¿Quieren un cambio radical? Promuevan la belleza, por mucho que les consideren superficiales o locos; embellezcan su espacio, su persona interior y exterior, a pesar de las miradas; florezcan por dentro y por fuera: el universo se lo agradecerá.

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